El verano avanza. Intento disfrutar de mis vacaciones pero poco podré hacerlo puesto que debo empezar ya a hacer mi trabajo de investigación para el Doctorado. Decenas de libros y artículos de medieval se apilan en mi mesa sin que pase una sola página y lo cierto es que es un lujo que no puedo permitirme. En septiembre de he entregar dos trabajos obligatorios y mis profesores de la Universidad me han concedido un tiempo extra, pues se supone que en julio debían quedar puestas las notas y sin embargo ellos, considerando que durante el curso he trabajado mucho con los E.S.O.s y los segundos de Bachiller, me han permitido entregarlos en septiembre. Tengo que hacer un buen trabajo: no puedo aprovecharme más de su generosidad.

Mientras, mis gremlins me preguntan en sus emails cuándo iré al pueblo y me mandan fotos suyas en la piscina o de acampada. Resulta increíble, pero parece que me echan de menos. Por lo visto, el sentimiento que tenía al principio de las vacaciones es recíproco. Me preguntan también si ya sé si este próximo curso les daré yo la asignatura. A final de curso y durante el viaje me lo pidieron muchísimo, insistieron sin cesar. Comentario típico durante los trayectos en autobús un par de veces al día (que por cierto creo que ponía un poco celosos a los otros profes que estaban presentes): "Profe, cógenos el año que viene, porfaaaaa!". Y mi respuesta siempre ha sido "Ya veremos", para darle un poco de emoción al asunto y hacerme de rogar (soy vanidosa, qué vamos a hacerle). Sin embargo, sabía que soy yo quien reparte los grupos en el departamento y que podía cogerlos si lo deseaba. Así que en julio los cogí y, además, pedí ser su tutora, tanto por ellos (que sé que confían en mí) como por mí misma (que ya sé de qué pie cojea cada uno).

Así que cuando los vea en fiestasles daré la noticia, o bien esperaré a septiembre para seguir manteniendo el misterio...